La RSE ante la crisis: no sólo valor
mar 30, 2009
Archivado en: Articulos, Entrevistas y Convocatorias
29/03/09–Diario Responsable-José Ángel Moreno Izquiero-Profesor de la Universidad de Navarra–Toda crisis socio-económica severa comporta también el cuestionamiento de buena parte de las ideas establecidas. La crisis actual, a buen seguro, será –por su propia dureza- pródiga en estos efectos: ya lo está siendo de hecho, y por fortuna, en ámbitos cruciales de las ideas económicas dominantes. No serán las únicas.
Pese a su evidente alejamiento de ese pensamiento dominante -y pese también a su claro alineamiento con lo que parece que será la nueva corriente económica emergente-, lo que conocemos como responsabilidad social empresarial (RSE) no podía quedar al margen de la reconsideración. Estoy absolutamente convencido de que saldrá de la crisis claramente fortalecida: más aún, la crisis será para ella la oportunidad de su salida de la cuasi-marginalidad actual. Pero eso no evitará que se debata con firmeza cuáles de sus enfoques y de sus ámbitos de actuación son los más adecuados en la difícil situación por la que atravesamos. Algo de lo que debemos felicitarnos sus partidarios: el debate es siempre un síntoma de vitalidad y un factor de mejora.
De lo mucho que ya se ha escrito sobre el tema, cinco consideraciones parecen contar con una aceptación mayoritaria entre los especialistas: La crisis afectará irremediablemente también a la RSE, que se ve enfrentada a un escenario incuestionablemente hostil: dificultades económicas severas, necesidad de generar recursos a corto plazo, exigencia de reducir todos los costes que no sean absolutamente imprescindibles. Un escenario poco acogedor para la perspectiva largoplacista, atenta a todos los grupos de interés y preocupada por todas las dimensiones de la actividad (y no sólo por la económica) en que se fundamenta la RSE. Pero un escenario, pese a todo, que no tiene por qué conducir a una pérdida de peso e influencia de la RSE en todo tipo de empresas y en todo tipo de campos.
La crisis pondrá particularmente en cuestión la RSE en aquellas empresas que sólo la han asumido de forma superficial y cosmética.
La crisis comportará dificultades (preestarias) para las líneas de RSE menos entroncadas con la actividad nuclear y la estrategia básica de la empresa: algo que afectará muy especialmente (pero no sólo) a la acción social y aspectos similares.
La crisis reforzará el papel de la RSE en aquellas empresas que la entienden y aplican de forma más inteligente e integral, como una filosofía inspiradora de comportamientos más atentos a los grupos de interés (es decir, de comportamientos de mayor calidad y más generadores de valor) en todos los ámbitos de actividad: y muy especialmente en las actividades nucleares de la empresa.
La crisis reforzará las líneas de RSE más directamente orientadas a generar valor y a reducir costes (incluyendo los costes reputacionales y de clima laboral).
A buena parte de estos efectos viene haciendo alusión unos de los profesionales de la RSE más prestigiados de nuestro país, Alberto Andreu, en su serie de (hasta el momento) tres artículos sobre “el buenismo y la innovación social”. Sus conclusiones son nítidas: la RSE saldrá revitalizada de la crisis en la medida en que sea capaz de apuntar a los aspectos señalados en el punto quinto: “ha llegado la hora –dice explícitamente- de cambiar el discurso y ser capaces de establecer una relación causa-efecto entre la RSC y la cuenta de resultados”.
No seré yo quien lo discuta. He defendido siempre que ésta es una dimensión básica de la RSE: una dimensión que no hay que dejar de subrayar. Pero no se debiera olvidar otra fuerza impulsora, que puede tener una especial intensidad en los momentos actuales y que inevitablemente orientará las políticas de RSE en otra dirección (si bien perfectamente complementaria con la anterior).
Esa fuerza es la exigencia: la exigencia de comportamientos responsables que la sociedad civil, las instituciones públicas y el propio mercado plantean a las empresas. Una exigencia que la crisis financiera ha acentuado quizás como nunca antes en la historia del capitalismo y que -creo- demanda prioritariamente de la empresa aspectos muy diferentes a la capacidad de generación de valor y de reducción de costes: ante todo, integridad y transparencia.
Son precisamente los aspectos cuya descarada vulneración ha estado en la raíz de la crisis. Una crisis esencialmente motivada por la irresponsabilidad y cimentada en la deshonestidad, en la codicia, en la ocultación y en la mentira pura y dura. Los cuatro jinetes del apocalipsis contemporáneo a que nos han conducido esos magos de las finanzas a los que hasta hace poco admiraban profesionales, políticos, periodistas y académicos, convencidos todos de que lo que hacían no era especular incontenidamente, engañar e incluso robar (qué mal suena, ¿verdad?), sino demostrar con sus beneficios las virtudes del mercado perfecto.
La exigencia de integridad y transparencia responde a esa irresponsabilidad flagrante: para evitar, cuando menos, que se vuelvan a producir generalizadamente comportamientos como los apuntados. Una exigencia, además, que conllevará inevitablemente mayor regulación y, sobre todo, mayor supervisión públicas.
Ciertamente, es una exigencia dirigida ante todo a las entidades financieras. Pero creo que harían mal las empresas de otros sectores si no atendieran cumplidamente a esa exigencia, porque inevitablemente se extenderá a todas (y de forma especial, desde luego, a las grandes). Los síntomas son abundantes: al margen de que ya se apuntaban en la reunión de Washington del G-20 (y de que a buen seguro se reforzarán en la próxima reunión de Londres), se manifiestan con claridad en iniciativas como la ley danesa de 16 de diciembre sobre la obligatoriedad de informes de RSE, en las iniciativas de los gobiernos sueco y noruego insistiendo en la importancia de ese tipo de informes o en la reciente declaración del Board de GRI constatando los generalizados déficits de transparencia empresarial (y de confianza social en las empresas) y haciendo un significativo llamamiento a los gobiernos para que impulsen la realización de informes de RSE y para que reconsideren su carácter voluntario. El tono de las declaraciones del Presidente Obama permite intuir, por otra parte, que incluso en EE. UU. pueden estar sopesándose medidas en esta dirección.
Me temo que no sean sino los primeros reflejos de esa lógica oleada de indignación social que la crisis ha despertado. Una indignación que obligará a replantear la agenda de la RSE en gobiernos y en empresas y que -espero- colocará entre las prioridades fundamentales las mencionadas necesidades de integridad y de su constatación pública (transparencia).
Por eso, en definitiva, creo que la respuesta de la RSE a la crisis no puede concentrarse sólo en demostrar en la práctica su capacidad de aportar valor (o reducir costes y riesgos) a la empresa: la sociedad va a demandar crecientemente a las empresas un compromiso con la honestidad y un esfuerzo de información y de credibilidad (lo que implica verificación rigurosa de informes, compromisos, códigos y políticas) mucho más exigentes. Pasar de las declaraciones a los hechos y demostrarlo con una información veraz y garantizada.
Lo que, entre otras muchas cosas, requerirá un replanteamiento radical de esos documentos tan decorativos, pero tan poco útiles en la realidad, que son los informes de RSE. Las líneas me parecen obvias: mucho mayor rigor, mucha mayor relevancia, mucha mayor atención a lo que plantean los grupos de interés más críticos y mucha mayor garantía de que lo que se dice es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

[ Cerrar ]